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MI PRIMER DÍA EN UNA carnicería

Las cuchillas relucían bajo la luz blanca del techo, reflejando destellos de acero que cortaban la penumbra del cuarto. Como un pintor que prepara su paleta, coloqué una tras otra sobre la mesa, admirando su afilado filo. Cada una parecía tener su propio carácter, su propio propósito. La larga, delgada y precisa, destinada a los cortes limpios, esa que nunca se ve unida a la carne; la corta y robusta, perfecta para seccionar huesos y articulaciones sin que se resquebrajen; y mi favorita, la de filo ondulado, cuya suavidad en el deslizamiento hacía que separara la carne de la grasa con la delicadeza de una danza.

Era mi primer día en una carniceria. Había anticipado este momento durante años de estudio y prácticas, y lo iba a hacer memorable. No era un simple trabajo para mí. Lo veía como un arte. Un arte de precisión, de conocimiento profundo de cada herramienta, de cada pieza. Mi lugar era allí, entre cuchillos, carne y sangre. Y ese día lo demostraría.

Tomé la pieza principal de trabajo con una mano firme. Su superficie era tersa, fría al tacto, pero me transmitía una extraña satisfacción al rozarla. La capa de grasa, apenas perceptible, la recubría en su totalidad, casi como si la carne misma intentara esconderse, manteniendo el recuerdo de su vida pasada, su última memoria intacta bajo la piel. Al acariciarla, sentí cómo los músculos tensaban ligeramente. Era como si la carne me hablara, recordándome sus últimos momentos de existencia, antes de llegar a mis manos.

Con un suspiro profundo, dejé que la tranquilidad del momento invadiera mis pensamientos. Era el tipo de serenidad que se siente antes de crear algo. La hoja larga se deslizó con una precisión inhumana, abriendo la carne como si cortara seda. El corte era limpio, exacto, perfecto. El filo atravesó la capa externa sin esfuerzo, separando las dos mitades con una suavidad impresionante. La carne se separó en dos mitades casi simétricas, su tonalidad rosada y veteada, exhibiendo las fibras que definían su estructura. Lo observé con deleite.

—Perfecto —murmuré para mí mismo, sin dejar de sonreír. Este era el momento que había esperado, y lo estaba viviendo en su máxima expresión.

Justo cuando admiraba la simetría del corte, un sonido estridente rompió el silencio. La alarma. Recordé que estaba a punto de llegar, la esperaba desde hacía horas. Tenía que terminar. Continué.

Podía sentir cómo mi habilidad crecía con cada movimiento, cómo el arte de separar, disecar y esculpir la carne fluía de forma casi instintiva. Cambié al cuchillo corto para cortar los músculos , y con cada sección que caía, sentía la satisfacción de la precisión. La hoja ondulada vino después, tan elegante como siempre, separando la grasa de la carne con movimientos delicados, como si bailara, acompañada por un susurro suave en el aire. Cada corte, cada movimiento, me llenaba de una calma inquietante, una satisfacción que no se podía describir con palabras.

El tiempo pasó sin que lo notara. La pieza fue desapareciendo bajo mis manos, transformándose lentamente en lo que buscaba: la perfección. La mesa, ahora cubierta con trozos perfectamente alineados, parecía un lienzo de carne, cada parte bien posicionada, cada sección separada como si estuviera diseñada para un propósito más alto. El trabajo exigía paciencia, pasión y dedicación. Todo lo que tenía dentro se volcaba en cada movimiento.

Con un suspiro final, me retiré para limpiar. Con esmero, limpié los cuchillos, asegurándome de que cada uno brillara como el primero. Fregué la mesa hasta que no quedó ni una sola mancha. Cuando todo estuvo en su lugar, recogí la bolsa de basura. Grande, negra y pesada, la sellé con cuidado, sintiendo la pesadez de su contenido.

Salí al patio trasero, el aire frío acariciando mi rostro. Al detenerme junto al garaje, observe una zona perfecta. La coloqué con, asegurándome de que todo estuviera bien guardado. Me quedé mirando un momento, disfrutando de mi trabajo.

María, no te preocupes —susurré, limpiando una lágrima que no era mía—, en breve te traigo a la niña.


⚠️ Contenido gráfico. Recomendado para lectores de horror adulto.

Fragmentos de horror visceral, Autónomos, autoconclusivos o parte de un universo mayor.
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